miércoles, 3 de febrero de 2016

Razón y Pasión: el "genio maligno" de Descartes y la caza de brujas

    Como afirma el sociólogo Fernando Álvarez Uría ("Razón y Pasión", en Fdo. Savater (ed.), Filosofía y sexualidad, Barcelona, Anagrama, 1993, pp. 93-122), los "historiadores de la filosofía" tienden a evacuar la historia de sus trabajos, mostrando las teorías filosóficas "lejos de la tierra y de las condiciones en las que se han elaborado y en las que tienen sentido". Así sucede también en los estudios sobre Descartes. Frente a ello, "la sociología del conocimiento puede mostrar que presentes y pasados estilos de racionalidad están íntimamente ligados a determinados procesos sociales": "Es precisamente la posición de esos discursos, su situación en el campo de saber de su tiempo, una de las pocas vías que poseemos para captar sus significaciones".
    Continúa Álvarez-Uría señalando que "el sistema cartesiano está tan bien engarzado que no resulta fácil encontrar sus claves; para unos su especificidad radica en la duda metódica, otros encuentran en las demostraciones de la existencia de Dios la irreversible conversión del problema en una cuestión definitivamente filosófica, para otros la trascendencia de este pensamiento consistiría en su ruptura con la tradición aristotélica y, por último, no faltan quienes resaltan que ha sentado las bases de la física moderna". 
        Pero uno de los aspectos de su obra que creó más polémica en su época fue el de su tajante separación entre cuerpo y alma, tanto en el campo filosófico (críticas de Hobbes y Gassendi) como en el teológico. En el ámbito teológico, el problema consistía en que Descartes explicaba el misterio de la eucaristía al margen de la escolástica. El misterio eucarístico fue un objeto de polémica con los protestantes, y fue justamente esta polémica la que originó la gran parafernalia eucarística católica del siglo XVII. Para Descartes, la extensión constituía la sustancia de los cuerpos y, por lo tanto, es inseparable de los accidentes. Con ello ponía en cuestión la tesis defendida en el Concilio de Trento: ¿cómo se puede hablar de transustanciación, si en la Eucaristía permanece la extensión? Por ello, Descartes entiende la transustanciación de otro modo: así como en la asimilación de los alimentos las partículas digeridas son "informadas" por el alma, así en la Eucaristía, las partículas de pan y vino, permaneciendo las mismas, son como "informadas", de modo milagroso por el alma de Cristo (Cartas al Padre Mesland, IV).


Frente a la episteme renacentista, asentada sobre la figura de la semejanza, un universo de resonancias en el que las cosas reenviaban unas a otras, la revolución epistemológica cartesiana, una ciencia universal del orden y la medida, pretendía deslindar con nitidez la luz de las tinieblas, Dios del diablo, la verdad y el error. Frente al animismo renacentista, el mecanicismo cartesiano intenta despejar un mundo en el que la magia, la brujería y las intervenciones del diablo constituían cuestiones de capital importancia, obsesionando a teólogos, médicos, jueces o filósofos. Abundaban en esta época en Francia los procesos judiciales contra la brujería, y no cesaron hasta un edicto de 1682, que los definió como "explotación de la ignorancia". Entre 1560 y 1630 tuvo lugar en toda Europa una terrorífica ofensiva contra brujas y brujos. La presencia ubícua del maligno y su poder sobre la naturaleza humana hacía dudar de la verdad, y hasta los más sabios quedaban sumidos en la perplejidad y la duda: "El diablo ponía en cuestión la posibilidad misma de adminstrar justicia, impedía la consecución de la certeza, favorecía los escándalos, desprestigiaba a los ministros de la Iglesia, en suma, aparecía como el mayor aliado de los libertinos y proporcionaba motivos de escarnio y mofa a los ateístas, era pues preciso desembarazarse de él para mayor gloria de Dios, tranquilidad de los hombres y consuelo de la filosofía. Tal fue la ingente obra que acometió René Descartes para poner orden en el caos".
    Así, si en el Discurso del Método, Descartes soluciona la paradoja de los sueños (otro tema típicamente barroco), en las Meditaciones Metafísicas se desembaraza de ese genio "en extremo poderoso y por decirlo así maligno y astuto" que no es, según Álvarez-Uría, sino "la encarnación irónica de todos los demonios": "Dios se convierte en la única garantía de que la razón, y por tanto el conocimiento verdadero, no nos engaña... La desaparición de Satán convierte a la naturaleza en natural, permite la transparencia de los signos, posibilita en definitiva el conocimiento verdadero de las leyes inexorables que Dios ha depositado en la naturaleza". Así, "la ruptura cartesiana lograría plantear y resolver, en términos filosóficos, un problema teológico, jurídico y médico que obsesionaba en la época. Es justamente el proceso que sigue para resolverlo, así como la amplitud del mismo, al unificar todos los campos del saber, lo que favoreció el triunfo del cartesianismo como movimiento intelectual".

    El individuo racional de ideas claras y distintas se enfrentará así a la superstición y a la sinrazón. Pero la desaparición progresiva de Dios, consecuencia lógica del desequilibrio que introduce la desaparición del diablo, conducirá a la razón del soberano que encarna el Estado absoluto. Y es que, según Álvarez-Uría, "el estatuto de la razón cartesiana, separada aparentemente del cuerpo social, facilitará su instrumentalización política". La razón cartesiana, fundamentada sobre la certeza de una conciencia individual, que pretendía ser universal, de carácter ahistórico y asocial, constituyó un modelo de individuo capaz de someter sus apetitos y deseos a la razón, capaz de aceptar mejor a la autoridad. Un modelo de racionalidad que estigmatizaba la locura, el sueño o el error, y que se ejemplificaba en el ideal del individuo adulto, varón, civilizado y "sano" (marginando en la "sinrazón", y con ello en la tutela, a amplios espacios sociales como los de la infancia, la mujer, el salvaje o el loco).
    Esta crítica a la razón moderna representada en Descartes no supondría un retorno al irracionalismo, "sino más bien una apuesta apasionada por una racionalidad diferente".
    La postmodernidad actual, como ha señalado Fernando Álvarez-Uría, "es heredera del proceso de individualización que se inició con la Reforma protestante y se vio reforzado por el racionalismo cartesiano que encuentra en la experiencia del yo la verdad fundante y primigenia". Eso ha conducido en nuestro presente a una cultura del narcisismo que ha vaciado de sentido la sociabilidad en virtud de un continuo trabajo de exploración del yo (a la búsqueda de los misterios sellados en nuestro alma).

Cuestiones:
- ¿Podrías señalar algunas de las críticas que hace Álvarez-Uría a la razón y al método cartesiano?

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